15 feb 2011

Futuros


Llevaba tres días sin salir de aquella pequeña y desordenada habitación, bueno, había salido lo justo, para ir al baño y para coger algo de comida. Los folios se apilaban unos encima de otros sin ningún tipo de rigor. Al ordenador le faltarían pocas horas para fundirse cual queso en pizza. Varias tazas de café vacías y varios envoltorios de snaks catalogados como saludables yacían también entre libro y libro, además de una piel de plátano. En definitiva, restos de una vida laboral bastante ajetreada. Al fin salió. Por la sonrisa que traía pude adivinar que ya había terminado, que había averiguado algo importante, algo en lo que yo no tenía el más mínimo interés, pero que me aseguraba al menos una hora de largas explicaciones que por supuesto tendría que tragar. Al fin y al cabo, tampoco es que tuviera nada mejor que hacer. Así que allí estaba yo, tirado en el sofá con la tele en silencio por consideración con él, que no paraba de hablarme de sus investigaciones, de los métodos, de las probabilidades, del éxito que tendría aquel trabajo, un paso más para conseguir el doctorado. Cuando terminó de dar su entusiasmada charla, me preguntó:
-¿Y tú qué quieres ser?
Yo lo tenía claro, no sería abogado, ni médico, ni ingeniero, ni matemático, ni arquitecto, ni músico, ni psicólogo, ni profesor…no, yo no sería nada de eso. Yo tenía otras prioridades, una lista interminable antes de llegar a todo aquello. Así que contesté con la primera, la que encabezaba la lista.
-Todavía no lo sé, pero de lo que estoy seguro es de que por encima de todo quiero seguir siendo humano.

14 feb 2011

Espejos


Fue la primera vez que me crucé con ella, sin embargo, me bastó un solo encuentro para saber que no la abandonaría el resto de mi vida. Nos topamos una mañana gris, a mediados de Noviembre, uno de esos días en los que al despertarte sientes casi la obligación de no salir de casa en las siguientes veinticuatro horas. Llegó sin avisar, yo diría que fue pura casualidad. Había oído hablar mucho de ella aunque nunca la había visto, nunca la había sentido como lo hice ese día. Nos quedamos allí, mirándonos el uno al otro sin saber qué hacer, bien escondernos y hacer como si no nos hubiésemos visto, o entablar una conversación, conocernos, descubrirnos, sentirnos, fabularnos… Y decidimos hacer esto último. Poco a poco me fui dejando conquistar, no sabía bien por qué. Quizás por su estética, o su pintoresca forma de hablar, con frases cortas, con voz suave, algunas veces nostálgica y otras desgarrada, con el ritmo de cada palabra y con cada imagen que éstas atrapaban. Yo me sentía identificado con muchas cosas de las que me contaba, otras simplemente dejaba que llegaran a mi mente sin interrumpirlas, sin pensarlas, que calaran en lo más profundo de mí y me sorprendieran. Era como oler una flor en plena primavera. Yo, de forma inconsciente, me fui desnudando, sin miedos, sin vergüenzas. Me fui quitando una a una todas las máscaras en las que me había refugiado los últimos meses, me entregué al movimiento del mundo sin querer tener nada controlado, acompasé mis latidos a los suyos y me redescubrí a mí mismo. De hecho, mis emociones se desbordaban, habían estado deseando salir y por fin lo hicieron, y mi alma correteaba de un lado para otro, jugaba a sus anchas, ya nadie le hablaba de cordura. Y todo gracias a ella. A partir de ese momento nos hicimos inseparables y me pregunté cómo había podido tardar tanto en descubrirla. Me encantaba reunirme con ella especialmente por las noches, cuando los corazones andan más debilitados y se me erizaba la piel más fácilmente. Siempre seguía el mismo ritual, después de darme una ducha, elegía el libro de esa noche y me metía en la cama. Daba igual el tema, daba igual la rima. Todo formaba parte de lo mismo, todo era ella; Poesía la llaman algunos.


Mudanza

Dani:
Mamá y yo nos mudamos, nos vamos a otra ciudad más lejos porque a mamá le han dado un trabajo allí. Nos vamos dentro de un rato. He venido a despedirme pero como no estás te dejo esta nota.
Estoy triste, me voy a quedar sin ver tu bici nueva, sin volver a merendar magdalenas en tu casa y sin poder seguir enseñándote palabras en suajili. También quería devolverte la gorra que me dejaste el otro día, pero he pensado que mejor me la quedo. Espero que no te importe. La llevaré puesta todos los días para que si alguna vez cuando seamos mayores nos vemos, me reconozcas. Tranquilo, no la voy a perder. La guardaré hasta que pueda devolvértela.
No quiero irme, pero mamá dice que a partir de ahora nuestra vida va a ser mejor, que podré ir al cole como tú y hacer amigos allí. Además, mientras mamá me lo contaba ha sonreído y yo hacía tiempo que no veía sonreír a mamá.
Gracias.
Alim.