Fue la primera vez que me crucé con ella, sin embargo, me bastó un solo encuentro para saber que no la abandonaría el resto de mi vida. Nos topamos una mañana gris, a mediados de Noviembre, uno de esos días en los que al despertarte sientes casi la obligación de no salir de casa en las siguientes veinticuatro horas. Llegó sin avisar, yo diría que fue pura casualidad. Había oído hablar mucho de ella aunque nunca la había visto, nunca la había sentido como lo hice ese día. Nos quedamos allí, mirándonos el uno al otro sin saber qué hacer, bien escondernos y hacer como si no nos hubiésemos visto, o entablar una conversación, conocernos, descubrirnos, sentirnos, fabularnos… Y decidimos hacer esto último. Poco a poco me fui dejando conquistar, no sabía bien por qué. Quizás por su estética, o su pintoresca forma de hablar, con frases cortas, con voz suave, algunas veces nostálgica y otras desgarrada, con el ritmo de cada palabra y con cada imagen que éstas atrapaban. Yo me sentía identificado con muchas cosas de las que me contaba, otras simplemente dejaba que llegaran a mi mente sin interrumpirlas, sin pensarlas, que calaran en lo más profundo de mí y me sorprendieran. Era como oler una flor en plena primavera. Yo, de forma inconsciente, me fui desnudando, sin miedos, sin vergüenzas. Me fui quitando una a una todas las máscaras en las que me había refugiado los últimos meses, me entregué al movimiento del mundo sin querer tener nada controlado, acompasé mis latidos a los suyos y me redescubrí a mí mismo. De hecho, mis emociones se desbordaban, habían estado deseando salir y por fin lo hicieron, y mi alma correteaba de un lado para otro, jugaba a sus anchas, ya nadie le hablaba de cordura. Y todo gracias a ella. A partir de ese momento nos hicimos inseparables y me pregunté cómo había podido tardar tanto en descubrirla. Me encantaba reunirme con ella especialmente por las noches, cuando los corazones andan más debilitados y se me erizaba la piel más fácilmente. Siempre seguía el mismo ritual, después de darme una ducha, elegía el libro de esa noche y me metía en la cama. Daba igual el tema, daba igual la rima. Todo formaba parte de lo mismo, todo era ella; Poesía la llaman algunos.
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