Llevaba tres días sin salir de aquella pequeña y desordenada habitación, bueno, había salido lo justo, para ir al baño y para coger algo de comida. Los folios se apilaban unos encima de otros sin ningún tipo de rigor. Al ordenador le faltarían pocas horas para fundirse cual queso en pizza. Varias tazas de café vacías y varios envoltorios de snaks catalogados como saludables yacían también entre libro y libro, además de una piel de plátano. En definitiva, restos de una vida laboral bastante ajetreada. Al fin salió. Por la sonrisa que traía pude adivinar que ya había terminado, que había averiguado algo importante, algo en lo que yo no tenía el más mínimo interés, pero que me aseguraba al menos una hora de largas explicaciones que por supuesto tendría que tragar. Al fin y al cabo, tampoco es que tuviera nada mejor que hacer. Así que allí estaba yo, tirado en el sofá con la tele en silencio por consideración con él, que no paraba de hablarme de sus investigaciones, de los métodos, de las probabilidades, del éxito que tendría aquel trabajo, un paso más para conseguir el doctorado. Cuando terminó de dar su entusiasmada charla, me preguntó:
-¿Y tú qué quieres ser?
Yo lo tenía claro, no sería abogado, ni médico, ni ingeniero, ni matemático, ni arquitecto, ni músico, ni psicólogo, ni profesor…no, yo no sería nada de eso. Yo tenía otras prioridades, una lista interminable antes de llegar a todo aquello. Así que contesté con la primera, la que encabezaba la lista.
-Todavía no lo sé, pero de lo que estoy seguro es de que por encima de todo quiero seguir siendo humano.
No hay comentarios:
Publicar un comentario