Cuando llegó a casa dejó las llaves en el primer cajón y se percató de lo bien que olía. Sonrió. Ajo, albahaca, aceite y mucho queso parmesano, como a él le gustaba, con los tallarines en su punto. Dejó la chaqueta sobre el sofá y entró al baño a lavarse las manos. Entró a la cocina y besó a su mujer, para enseguida ayudarla a poner la mesa. Ella, mientras, pensaba en cómo sería su reacción, en cómo se lo diría. Estaba segura que él ni siquiera sospechaba nada. No sabía que dentro de no mucho tiempo pondría más de un par de cubiertos sobre la mesa. Un gesto cotidiano que cambiaría su vida radicalmente.
No hay comentarios:
Publicar un comentario